Fiestas de Ntra. señora de la Antigua de Manjavacas

La Romería de la Virgen de Manjavacas en Mota del Cuervo

Al amanecer del primer fin de semana de agosto, comienza una de las tradiciones más esperadas de Mota del Cuervo: la romería en honor a la Virgen de Manjavacas. A las primeras horas del día, en la ermita situada a unos siete kilómetros del municipio, se da inicio a la «Traída de la Virgen». La Virgen, que se encuentra en su ermita, es sacada en procesión hasta el Hito, donde se le retiran los ornamentos y se le coloca un manto. Este acto tiene un propósito muy especial: la Virgen será llevada en procesión a gran velocidad por los costaleros, acompañados por los vecinos que, con gran fervor, también corren detrás de las andas.

A lo largo del trayecto, los asistentes, alineados a ambos lados del camino, animan y jalean a los corredores, creando una atmósfera llena de emoción y devoción. La carrera no se detiene, salvo para realizar relevos entre los portadores de las andas, con el único objetivo de que la Virgen recorra la distancia sin interrupciones. Sin embargo, hacia la mitad del recorrido, se hace una breve parada en el Pozo de la Media Legua, donde los participantes aprovechan para refrescarse antes de continuar con la carrera, que culmina en el Pocillo de la Virgen, ya dentro del pueblo.

Una vez en el Pocillo, se destapa la imagen de la Virgen, se le colocan nuevamente sus ornamentos, y se inicia la procesión hacia la Parroquia de Mota del Cuervo. Este es el momento culminante de la «Traída de la Virgen», dando paso al inicio de las fiestas patronales, que llenan de alegría y celebraciones al pueblo durante varios días.

Quince días después, el tercer domingo de agosto, llega el momento de la «Llevada de la Virgen». Esta ceremonia, al contrario de la traída, se realiza al mediodía, cuando el sol está en su punto más alto, lo que provoca que el calor haga aún más arduo el recorrido. En esta ocasión, la Virgen es llevada de regreso a su ermita, pero el procedimiento sigue siendo el mismo: los costaleros y los fieles corren nuevamente para completar el trayecto, aunque esta vez el cansancio se nota más, lo que provoca que la carrera se dilate unos minutos más.

Al llegar a la ermita y tras alojar la imagen en su lugar, se ofrece una comida tradicional para reponer fuerzas a los presentes. Las calderetas de cordero, plato típico de la zona, son una de las delicias más esperadas en este momento, y se comparten entre los asistentes como parte de la celebración.

La romería de la Virgen de Manjavacas, que incluye tanto la «Traída» como la «Llevada», es considerada una fiesta de gran importancia y ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, gracias a la singularidad de sus rituales, la devoción que despierta entre los habitantes de Mota del Cuervo y la belleza de la tradición que sigue viva en cada uno de los participantes.

Cada año, miles de personas se congregan para vivir este momento de intensa emoción y fervor religioso, haciendo de la romería de la Virgen de Manjavacas un evento único en la región y un símbolo de la identidad y el alma de Mota del Cuervo.

 

Historia Ntra. Señora de la Antigua de Manajavacas.

Era un atardecer tranquilo en Mota del Cuervo, y un grupo de vecinos, como era habitual, se habían acercado a rezar a las ermitas cercanas. Después de la oración, decidieron pasar por la venta, situada junto a la casa de encomienda, para descansar un momento en su patio. Mientras charlaban, algo inusual llamó su atención: en la distancia, por el camino de Murcia a Toledo, apareció una carreta tirada por dos bueyes unidos por un yugo de madera. El carretero que los guiaba iba acompañado de dos mozos que ayudaban a gestionar la carga, cubierta por una tela para evitar que el polvo del camino la ensuciara. Lo que más llamaba la atención de la escena era que el bulto cubierto, atado firmemente a los estacones de la carreta, parecía de una forma tan humana que, al verlo de lejos, muchos pudieron haber pensado que se trataba de una persona.

Impulsados por la curiosidad típica de los manchegos, comenzaron a seguir el avance de la carreta. Los bueyes avanzaban pausadamente, atravesaron el puente sobre el arroyo Madre y pasaron frente a la venta, pero, a unas quinientas varas de distancia, algo extraño ocurrió: los animales giraron repentinamente hacia la izquierda y se adentraron en un cebadal que comenzaba a brotar, donde quedaron varados, incapaces de moverse.

El carretero, preocupado, trató de hacerlos avanzar golpeando el aire con su tralla, pero los bueyes permanecieron inmóviles, como si fueran piedras. Ni el chofer ni los ayudantes pudieron moverlos, aunque tiraron con fuerza del yugo. Desesperados, continuaron golpeándolos y azotándolos, pero los animales, en lugar de moverse, solo agacharon las cabezas, mugiendo desconsoladamente. Sin embargo, sus pezuñas no se movieron ni un centímetro. Los vecinos de La Mota, alarmados por la escena, se acercaron rápidamente al lugar para intentar ayudar.

Uno de los vecinos, pensando que quizás la carga debía ser liberada, propuso desatarla y bajarla de la carreta. Tras hacerlo, con mucho cuidado, el milagro ocurrió: tan pronto como la carga tocó el suelo, los bueyes, como si se activaran por sí mismos, comenzaron a caminar de nuevo, regresando por el camino que habían seguido. Los asistentes, sorprendidos, se alegraron de ver que el problema parecía haberse resuelto. Volvieron a colocar la carga sobre la carreta y la ataron de nuevo. Pero, al intentar hacerla avanzar, los bueyes se dirigieron directamente al mismo punto en el cebadal y, como antes, se quedaron allí detenidos, inmóviles.

Recordando que en el corral de la venta había una pareja de bueyes perteneciente a un carretero transeúnte, los vecinos decidieron ir a buscarlos. Los uncieron a la carreta, con la esperanza de que estos pudieran continuar el viaje. Sin embargo, ante su asombro, los nuevos bueyes, al llegar al mismo lugar donde los primeros se habían detenido, también se quedaron parados, sin moverse ni un ápice. Era como si una fuerza invisible los hubiera hecho elegir ese mismo lugar.

Con la noche acercándose y el cansancio haciendo mella en los presentes, decidieron descargar la carga y llevarla a pie hasta la cercana ermita de Nuestra Señora, que llevaba años vacía y deteriorada. Dejaron los bueyes y la carreta en el corral de la venta y se dirigieron hacia la ermita, cuya estructura se encontraba muy deteriorada. Las puertas estaban rotas, el techo se estaba desintegrando y alguna que otra teja había caído. Al llegar exhaustos, colocaron el pesado bulto en un lateral del altar.

Fue entonces cuando la curiosidad de uno de los vecinos lo llevó a pedir permiso al carretero para deshacer el paquete que envolvía la carga. Al destaparlo, lanzó una exclamación de sorpresa. Los demás se giraron rápidamente al escucharle y, ante sus ojos, apareció la imagen más hermosa de Nuestra Señora que jamás habían visto. Su rostro, sereno y lleno de gracia, mostraba unos ojos entrecerrados, y sobre su cabeza descansaba una corona dorada, celestial.

Siguiendo con el descubrimiento, se desveló la figura del Divino Niño en sus brazos, mirándolos con piedad y amor. En ese momento, la emoción se apoderó de los presentes. Uno de los vecinos, con lágrimas en los ojos, exclamó: «¡Viva Nuestra Señora del Antigua de Manjavacas!», y al instante, otro replicó: «¡Viva su Santísimo Hijo!». Fue el comienzo de una devoción que perdura hasta nuestros días, repitiéndose año tras año, generación tras generación.

Finalmente, después de no haber logrado que los bueyes pudieran transportar la carga a Toledo, se consultó con las autoridades eclesiásticas para decidir qué hacer con la imagen. Tras medir las distancias entre Mota del Cuervo y Pedro Muñoz, se determinó que La Mota estaba más cerca, aunque solo por unas pocas varas.

La gente de Mota del Cuervo, sin dudarlo, decidió que la Virgen debería quedarse en su pueblo. Habían esperado tanto por ella, habían rezado y llorado por su regreso, que no permitirían que su Madre se fuera a otro lugar. Cuatro mozos, decididos y con el corazón lleno de devoción, tomaron unas andas que estaban en la ermita, ataron la imagen a ellas y emprendieron el antiguo camino medieval que conectaba Manjavacas con La Mota.

Mi abuela me contó, que según le decía su abuela, aquellos mozos no parecían humanos, sino como si fueran ángeles tomados por Dios en forma humana. Corrieron sin descanso hasta llegar a la iglesia de San Miguel, y lo curioso es que, en ese trayecto, no vieron el suelo bajo sus pies ni el polvo levantado por las zapatillas. Fue la única vez que no hicieron una parada en el Pozo de la Media Legua.

La Virgen de Manjavacas había obrado el milagro. Lo que parecía un bulto insignificante, se había transformado en la Madre de todos los moteños, que había desaparecido en el siglo XVI. Ahora, de nuevo, estaba allí, en La Mota, para quedarse, para proteger a su pueblo, para consolarlos en momentos difíciles y acompañarlos en sus vidas, como lo había hecho desde la Edad Media.

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